Este fin de semana pasado nos hemos escapado de Valencia, cumpliendo un doble objetivo:
1) Huir de la ciudad en fallas, que es una locura de ruido, follón y gente
2) Hacer alguna escapada, que siempre hablamos de hacerlas y nunca lo hacemos
El caso es que hemos elegido la cercana Jávea para la escapada. Teníamos puntos de Paradores y nos ha salido bastante económico un par de días allí. El hotel está bastante bien, la habitación amplia y con vistas al mar, ¿qué más se puede pedir?

Ha sido un fin de semana muy intenso, hemos hecho un montón de cosas. Claro que ha sido un finde largo porque el viernes lo cogí de vacaciones y nos escapamos tres días en total.
Carlos y Cristina se han portado bastante bien en general, alguna pelea entre hermanos por querer los dos las mismas cosas al mismo tiempo y algunas cabezonerías de Carlos de las de tirarse al suelo. Nada del otro mundo. Teníamos un poco de miedo de las comidas, porque si bien ambos dos (sobre todo Carlos) han empezado ya a comer de todo, la verdad es que va a días y hay momentos en los que no quieren, y entonces no hay manera. Pero no, en general se han portado más o menos bien y han ido comiendo lo que les hemos pedido; algún día hemos tenido que complementar con potito porque a base de aceitunas (¡que pasión por las olivas, Dios!) no se puede vivir bien, pero en general una experiencia positiva. Aquí los tenemos en diversos momentos alimenticios:


Como además el tiempo ha acompañado hemos comido algunos días en terracitas que asomaban al mar. Es un auténtico lujo estar en pleno Marzo sentado en una terracita al solecito viendo el mar con este par de renacuajos portándose bien sentaditos en sus tronas:


Como hizo muy bueno, también estuvimos de paseo por la playa. Tanto por el paseo marítimo como por la playita en sí. Tuvo mucho éxito una vaca de cartón piedra que había en una tienda. Cada vez que pasábamos por allí habñia que ir a tocar el cencerro:

Es curioso cómo los dos peques se parecen tanto en algunas cosas pero son tan distintos en otras. A los dos les encanta el mar, tanto es así que en la habitación del hotel nos pedían una y otra vez que les cogiéramos en bracitos para asomarnos todos a la ventana a mirar el mar a escasos 20 o 30 metros ("hola, mar, hola peces, hola tortugas" decía Cristina). Y en la playa igual, los dos querían verlo de cerca, pero Carlos llegaba al extremo de querer meterse en el agua: había que retenerlo, y él tiraba y tiraba de tí para ir al agua, ¡y está fuerte el niño! Cristina en cambio se acercaba a una distancia pero se enfadaba si la querías acercar más. Carlos en general es más aventurero, Cristina más asustadiza.



Las pelotas se las compramos en un chiringuito de la playa a los dos. Un rato de pelea por la pelota amarilla, vete tú a saber porqué.

Un auténtico futbolista en potencia.
Esto de que Carlos es más aventurero y Cristina más prudente no significa que sean igual de cuidadosos. No. Es muy curioso pero Cristina ya lleva varios accidentes de todo tipo: se ha caido por una escalera (pequeña, de 4-5 escalones), de cabeza del sofá al suelo, varios golpes con chichón incluido... vamos, de todo. Carlos en cambio aún no lleva ni un solo chichón en aún corta vida de Indiana Jones. Tiene mucho cuidado y no se cae nunca. Esto da para una entrada entera pero viene a cuento porque la pobre Cristina el primer día de estancia se cayó de cabeza contra una piedra del jardín del Parador y se hizo un pedazo de chichón en la frente... impresionante. Lloró poco para lo que se había hecho, que estuvimos dudando si llevarla al médico. En las fotos de antes se puede distinguir aún el impacto en la cabeza, aunque ya habían pasado un par de días.
También tuvimos algo de tiempo de hacer visitas a los alrededores. El casco histórico del pueblo no es que sea de un tremendo atractivo turístico pero tiene algunas cosillas que ver; básicamente la iglesia-fortaleza y el entramado de callejuelas para pasear. Aquí está Carlos jugando en un columpio con la iglesia al fondo

También hicimos alguna escapada a los alrededores. Javea tiene una costa bastante bonita, con cabos escarpados como el Cabo de San Antonio o el Cabo de la Nao. Sería más bonito seguramente si no estuviera hiper-urbanizado; pero seguramente también sería mucho más difícil de llegar a ellos para domingueros como nosotros si no fuera por eso. En fin, aquí una muestra de los cuatro desde el cabo de la Nao (¿no tiene este nombre reminiscencias escolares?)

El domingo nos volvimos pronto porque no queríamos que nos tocase atasco a la entrada a la ciudad. Muchos valencianos no-falleros huimos de la gran ciudad en fallas porque es un auténtico caos de ruido, y nos imaginamos que muchos de ellos llegarían a casa el domingo por la tarde. Así que a las cuatro o así nos volvimos a casa. Así pudimos ver al tito Álvaro que se volvía a Londres un rato más tarde. Y el resto de la tarde nos fuimos al Bioparc. Ya he comentado que nos hicimos un par de bonos anuales, así que poodemos acercarnos cualquier día para pasar un rato. Ideal para una tarde de domingo sin plan alternativo.

Los peques se lo pasaron genial. Nos acercamos sin cochecito para poder acceder a la zona de Madagascar (no dejan entrar con carrito porque los lemures, que andan sueltos por ahí, se echan encima). El caso es que tuvimos ocasión de ver varios lemures. Aquí hay un par de ellos:
También vimos a los suricatos (los favoritos de Carlos y Cristina), a un cocodrilo, jirafas, gorilas, flamencos, hipopótamos...
La verdad es que hay cosas muy chulas en el Bioparc. No es por hacerles publicidad, pero hay momentos muy muy interesantes, no te diré yo que sea como participar en un reportaje en medio de la sabana africana, pero casi casi... o si no, véase este baño de los elefantes, visto a escasos diez metros de ellos:
En fin, un fin de semana intenso, lo dicho. Los peques acabaron el domingo reventados, pero es que a nosotros parecía que nos hubiera pasado un camión por encima.
Otro día más, ¡ciao!